Sociedad

Un compendio de sabiduría social

Escrito por -. Publicado en Empresa-Trabajo-Inmigración.

Un volumen histórico explica por qué la Iglesia se implica en el mundo.
A pesar de la escasa cobertura dada por los medios a la publicación el 25 de octubre del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, se ha tratado de un importante evento. El compendio reúne, por primera vez en la historia de la Iglesia, las enseñanzas del magisterio sobre temas sociales.


La introducción del volumen explica que el texto intenta ser "un instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que marcan nuestro tiempo" (No. 10). Intenta ser una ayuda que inspire las actitudes y elecciones de los individuos y organizaciones de forma que les permita "mirar hacia el futuro con una mayor confianza y esperanza".

El texto comienza explicando el fundamento del interés de la Iglesia por los temas sociales. Al comienzo del tercer milenio, la Iglesia continúa predicando el nombre de Cristo como camino de salvación.

Tal salvación no se alcanza sólo en la nueva vida tras la muerte, "sino que afecta también a este mundo en las realidades de la economía y el trabajo, de la tecnología y las comunicaciones, de la sociedad y la política, de la comunidad internacional y las relaciones entre las culturas y los pueblos", dice el compendio en el No. 1.

La salvación ofrecida por Cristo es para la persona en todas sus dimensiones, personales, sociales, espirituales y corpóreas. Esta salvación también es universal. De este modo, se da un lazo "entre la relación que la persona está llamada a tener con Dios y la responsabilidad que tiene hacia su prójimo en las circunstancias concretas de la historia" (No. 40).

Orientaciones fundamentales

La sección introductoria del compendio trata algunos de los temas fundamentales que están en la base de la enseñanza social católica. Para comenzar el texto apunta que los esfuerzos en temas sociales no sólo están motivados por mera preocupación filantrópica o intereses políticos. "Al descubrir que Dios los ama, los seres humanos llegan a comprender su propia dignidad trascendente, aprenden a no estar satisfechos consigo mismos sino a encontrar a su prójimo en una red de relaciones que son más que nunca auténticamente humanas" (No. 4).

El amor cristiano que debería transformar las relaciones humanas estimula a las personas a interesarse por los problemas que les rodean, explica el texto. Este amor tiene su fuente en la Trinidad, y fue el amor lo que inspiró el ministerio de Jesús. El mandamiento del amor contenido en los Evangelios "debe inspirar, purificar y elevar toda relación humana en la sociedad y en la política" (No. 33).

Otro importante fundamento espiritual de la acción social cristiana es el deber de superar el pecado a través de la transformación de la persona humana. La vida personal y social, observa el múmero 41, está amenazada por el pecado, pero Cristo nos dio un ejemplo que podemos seguir. Transformarnos a nosotros mismos siguiendo el modelo dado a la humanidad por Cristo "es el requisito necesario" para transformar nuestras relaciones con los demás (No. 41).

Encontrar el equilibrio correcto entre las realidades espirituales y temporales es otro tema tratado en la primera parte del compendio. El texto, en el número 45, cita la constitución del Vaticano II "Gaudium et Spes" que reconoce la autonomía de los asuntos terrenales en sus propias leyes y valores. Al mismo tiempo, esta autonomía debería conducirnos a pensar que la creación puede utilizarse sin referencia alguna a Dios.

Si la humanidad insiste en limitarse a una visión exclusivamente terrenal, este rechazo de la trascendencia nos conducirá a una alienación que también daña la solidaridad entre las personas, nota el compendio, citando la encíclica de Juan Pablo II "Centessimus Annus".

Religión y política

Establecer la correcta visión de cuál es el papel de la Iglesia en los temas sociales es otro de los puntos introductorios tratados por el compendio. La Iglesia sirve al Reino de Dios a través de la proclamación de los valores evangélicos. Sin embargo, "esta dimensión temporal del Reino queda incompleta si no se relaciona con el Reino de Cristo presente en la Iglesia y orientado hacia su plenitud escatológica" (No. 50).

Por lo tanto, la Iglesia no se debe confundir con una comunidad política y no está limitada a ningún sistema político. "De hecho, puede afirmarse que la distinción entre religión y política y el principio de libertad religiosa constituyen un logro específico del cristianismo y una de sus contribuciones históricas y culturales fundamentales" (No. 50).

La venida del Reino de Dios, explica el siguiente número, no puede encontrarse en una organización particular social, política o económica. "Más bien, se testimonia con el desarrollo de un sentido humano social que para los hombres es levadura de realización integral, de justicia y de solidaridad, en la apertura a lo trascendente como punto de referencia para su propio cumplimiento personal definitivo".

Parte de la misión de la Iglesia

La Iglesia está implicada en temas sociales como parte de su papel de compartir las alegrías y esperanzas, ansiedades y tristezas de hombres y mujeres de todo lugar y tiempo (No. 60). En este contexto la Iglesia busca proclamar el Evangelio, pues la sociedad está compuesta de hombres y mujeres que son el camino de la Iglesia (No. 62).

Esta preocupación por los temas sociales no significa que la Iglesia se esté desviando de su misión. La redención que es parte de la misión salvífica de la Iglesia es ciertamente de orden sobrenatural, observa el Compendio. Sin embargo, lo sobrenatural no es algo que comience donde termina lo natural, sino que es una ascensión de lo natural a un orden superior. "De esta manera nada de lo creado o del orden humano es extraño o se excluye del orden sobrenatural o teológico de la fe o la gracia, más bien se encuentran dentro de él, asumido y elevado por él" (No. 64).

Por eso, observa el número 66, la doctrina social forma parte integral de la evangelización de la Iglesia. De hecho, el plan de redención toca cuestiones de justicia y caridad. Sin embargo, hay límites a la doctrina social. La Iglesia, observa el número, no interviene en "cuestiones técnicas", no propone sistemas o modelos de organización social.

El compendio también defiende el derecho de la Iglesia a proclamar su enseñanza sobre temas sociales. Esta proclamación es parte del papel de la Iglesia como maestra y las verdades de su contenido provienen de la naturaleza humana misma y del Evangelio. La Iglesia tiene un derecho, y un deber, de proclamar "la palabra liberadora del Evangelio" (número 70), al mundo.

Una labor en marcha

El compendio observa que la doctrina social de la Iglesia se ha formado gradualmente a lo largo del tiempo, a través de una serie de declaraciones sobre diversos temas. Esto ayuda a entender que a lo largo del tiempo han tenido lugar algunos cambios respecto a su naturaleza y estructura.

Este proceso todavía está en marcha. En el número 86 el compendio hace referencia a la doctrina social como un "lugar de trabajo", en el que "la verdad perenne penetra y permea nuevas circunstancias, indicando caminos de justicia y paz".

Pero esta enseñanza no puede reducirse a un ámbito socioeconómico. La doctrina social es teológica en naturaleza y tiene su fundamento en la revelación bíblica y en la tradición de la Iglesia (Nos. 72-4). En este sentido la fe interactúa con la razón en un proceso en el que "el misterio de Cristo ilumina el misterio del hombre" (No. 75). Junto con la revelación y la tradición, la doctrina social se enriquece también con la filosofía y las ciencias sociales.

En su presentación del compendio el 25 de octubre, el cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, indicaba que el documento "está ahora disponible para todos --católicos, otros cristianos, personas de buena voluntad-- que buscan signos seguros de verdad en orden a promover mejor el bien social de las personas y de las sociedades".

Algunos pasajes del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
Se trata de una traducción al castellano realizada por Zenit, pues por el momento sólo se ha publicado en inglés e italiano.

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Doctrina social (número 79)

Uniones homosexuales (número 228)

Aborto y anticoncepción (número 233)

Pena de muerte (número 405)

"La crueldad de la guerra" (número 497)

La legítima defensa (número 500) 

 

Doctrina social
Número 79

La doctrina social es de la Iglesia porque la Iglesia es el sujeto que la elabora, la difunde y la enseña. No es una prerrogativa de un componente del cuerpo eclesial, sino de toda la comunidad: es expresión de la manera en que la Iglesia comprende la sociedad y se relaciona con sus estructuras y cambios. Toda la comunidad eclesial --sacerdotes, religiosos y laicos-- contribuye a constituir la doctrina social, según la diversidad de sus tareas, carismas y ministerios en su seno.

Las múltiples y multiformes contribuciones --que también son expresiones del "sobrenatural sentido de la fe de todo el Pueblo" (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática "Lumen Gentium", 12)-- son asumidas, interpretadas y unificadas por el Magisterio, que promulga la enseñanza social como doctrina de la Iglesia. El Magisterio es competencia, en la Iglesia, de quienes están investidos del "munus docendi", es decir, del ministerio de enseñar en el campo de la fe y de la moral con la autoridad recibida de Cristo. La doctrina social no es sólo el fruto del pensamiento y de la obra de personas cualificadas, sino que es el pensamiento de la Iglesia, en cuanto obra del Magisterio, que enseña con la autoridad que Cristo ha conferido a los apóstoles y a sus sucesores: el Papa y los obispos en comunión con él (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2034).

Uniones homosexuales
Número 228

Un problema particular ligado a las uniones de hecho es el relativo a la petición de reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales, que cada vez es más motivo de debate público.

Sólo una antropología que responda a la verdad plena del hombre puede dar una apropiada respuesta al problema, que presenta diferentes aspectos tanto a nivel social como eclesial (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta "La atención pastoral a las personas homosexuales", 1 de octubre de 1986). A la luz de esta antropología, "se pone de manifiesto qué incongruente es la pretensión de atribuir una realidad "conyugal" a la unión entre personas del mismo sexo.

Se opone a esto, ante todo, la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el matrimonio mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la misma estructura del ser humano.

Asimismo, también se opone a ello la ausencia de los presupuestos para la complementariedad interpersonal querida por el Creador, tanto en el plano físico-biológico como en el eminentemente psicológico, entre el varón y la mujer. Únicamente en la unión entre dos personas sexualmente diversas puede realizarse la perfección de cada una de ellas, en una síntesis de unidad y mutua complementariedad psico-física" (Juan Pablo II, "Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 21 de enero de 1999).

La persona homosexual debe ser plenamente respetada en su dignidad (Congregación para la Doctrina de la Fe, "Algunas consideraciones relativas a las propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales", 23 de julio de 1992; Declaración "Persona humana", 29 de diciembre de 1975, 8) y alentada a seguir el plan de Dios con un compromiso particular en el ejercicio de la castidad (Catecismo de la Iglesia Católica, 2357-2359).

El debido respeto no significa legitimación de comportamientos que no están en conformidad con la ley moral, ni mucho menos, el reconocimiento de un derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, con la consiguiente equiparación de su unión a la familia (Juan Pablo II, "Discurso a los obispos españoles en visita "ad limina"", 19 de febrero de 1998; Consejo Pontificio para la Familia, "Matrimonio y uniones de hecho", 26 de julio de 2000, 23; Congregación para la Doctrina de la Fe, "Consideraciones sobre los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales", 3 de junio de 2003): "Si desde el punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese sólo considerado como uno de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio radical, con grave detrimento del bien común.

Poniendo la unión homosexual en un plano jurídico análogo al del matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes" (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, "Consideraciones sobre los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales", 3 de junio de 2003, 8).

Aborto y anticoncepción
Número 233

Por lo que se refiere a los medios para aplicar la procreación responsable, ante todo deben ser rechazados como moralmente ilícitos tanto la esterilización como el aborto (Cf. Pablo VI, "Humanae vitae", 14). Este último, en particular, es un delito abominable y constituye siempre un desorden moral particularmente grave (Cf. Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 51; Catecismo de la Iglesia Católica 2271-2272; Juan Pablo II, "Carta a las familias", 21; carta encíclica "Evangelium vitae", 58. 59. 61-62); en vez de ser un derecho es más bien un triste fenómeno que contribuye gravemente a la difusión de una mentalidad contra la vida, amenazando peligrosamente la justa y democrática convivencia social (Cf. Juan Pablo II, "Carta a las familias", 21)

Se ha de rechazar también el recurso a los medios anticonceptivos en sus diferentes formas (Cf. Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 51, Pablo VI, "Humanae vitae", 14; Juan Pablo II "Familiaris consortio", 32; Catecismo de la Iglesia Católica, 2370; Pío XI, encíclica "Casti connubii", 22): este rechazo se fundamenta en una correcta e integral concepción de la persona y de la sexualidad humana (Cf. Pablo VI, encíclica "Humanae vitae", 7; Juan Pablo II, exhortación apostólica "Familiaris consortio", 32) y tiene el valor de una instancia moral en defensa del verdadero desarrollo de los pueblos (Cf. Pablo VI, "Humanae vitae", 17).

Rechazar la anticoncepción y recurrir a los métodos naturales de regulación de la natalidad significa optar por plantear las relaciones interpersonales entre cónyuges en el respeto recíproco y en la acogida total, con consecuencias positivas para la realización de un orden social más humano.

Pena de muerte
Número 405

La Iglesia ve como signo de esperanza la "la aversión cada vez más difundida en la opinión pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de "legítima defensa" social, al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse" (Juan Pablo II, "Evangelium vitae", 27).

Si bien la enseñanza tradicional de la Iglesia, garantizada la comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, no excluye el recurso a la pena de muerte, "si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2267), los medios incruentos de represión y castigo son preferibles, pues "corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2267).

El creciente número de países que adoptan medidas para abolir la pena de muerte o para suspender su aplicación es también una prueba de que los casos en los que es necesario acabar con la vida del culpable "son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes" (Juan Pablo II, "Evangelium vitae", 56; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2001, 19, donde se define el recurso a la pena de muerte "absolutamente innecesario").

La creciente aversión de la opinión pública y las diferentes medidas orientadas a su abolición, o la suspensión de su aplicación, constituyen visibles manifestaciones de una mayor sensibilidad moral.

 

"La crueldad de la guerra"
Número 497

El Magisterio condena "la crueldad de la guerra" (Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 77; Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2307-2317) y pide que se examine con mentalidad totalmente nueva (Cf. Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 80): de hecho, "en nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado" (Juan XXIII, "Pacem in terris", 127)

La guerra es un "flagelo" (León XIII, Alocución al Colegio de los Cardenales, Acta Leonis XIII, 19, 1899, 270-272) y no representa nunca un medio idóneo para resolver los problemas que surgen entre las naciones: "No lo ha sido nunca y nunca lo será" (Juan Pablo II, "Encuentro con el Vicariato de Roma, 17 de enero de 1991; Cf. Discurso a los obispos de rito latino de la región árabe, 1 de octubre de 1990), pues genera conflictos nuevos y más complejos (Pablo VI, Discurso a los cardenales, 24 de junio de 1965).

Cuando estalla la guerra se convierte en una "masacre inútil" (Benedicto XV, Llamamiento a los jefe de los pueblos beligerantes, 1 de agosto de 1917), una "aventura sin regreso" (Juan Pablo II, discurso en la audiencia general del 16 de enero de 1991), que compromete el presente y pone en peligro el futuro de la humanidad: "Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra" (Pío XII, Radiomensaje del 24 de agosto de 1939; Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz 1993, 4; Cf. Juan XXIII, "Pacem in terris": AAS 55).

Los daños causados por un conflicto armado no son sólo materiales, sino también morales (Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 79). La guerra es, en definitiva, "el fracaso de todo auténtico humanismo" (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999, 11) "es siempre una derrota de la humanidad" (Juan Pablo II, Discurso al cuerpo diplomático, 13 de enero de 2003): "Nunca jamás los unos contra los otros; jamás, nunca jamás... ¡Nunca jamás guerra! ¡Nunca jamás guerra!" (Cf. Pablo VI, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 4 de octubre de 1965).

 

La legítima defensa
Número 500

Una guerra de agresión es intrínsecamente inmoral. En el trágico caso en el que se desencadenara, los responsables de un Estado agredido tienen el derecho y el deber de organizar la defensa, utilizando también la fuerza de las armas (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2265). Para que sea lícito el uso de la fuerza, debe respetar algunas condiciones rigurosas:

"- Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
- Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
- Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la "guerra justa". La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2309).

Si esta responsabilidad justifica la posesión de medios suficientes para ejercer el derecho a la defensa, de todos modos los Estados tienen la obligación de hacer todo lo posible para "garantizar las condiciones de la paz no sólo en su propio territorio, sino en todo el mundo" (Consejo Pontificio de la Justicia y la Paz, "El comercio internacional de armas", 1 de mayo de 1944).

No hay que olvidar que "una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo es lícito entre los beligerantes" (Concilio Vaticano II, "Gaudium et spes", 79).

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