Sociedad

Inmigración e integración

Escrito por F. Javier Garisoain Otero.- [email protected] Publicado en Empresa-Trabajo-Inmigración.

Hace unos días alguien se puso a buscar en la caverna y me encontró. Me llamaron de Antena 3 TV, del programa de Mercedes Milá, por si quería participar en un debate sobre integración de los inmigrantes. Yo dije que sí. Pero luego me dijeron que no porque " ya había mucha gente". En fin, cosas del directo.
Lo que sigue son mis argumentos al respecto. Para empezar, cuando se habla del problema de la integración de los inmigrantes hay que constatar un hecho: que no todos los inmigrantes tienen los mismos problemas de integración.
Los inmigrantes procedentes de la América hispana, por ejemplo, tienen sus problemas, naturalmente. Y necesitan que se les trate con justicia y respeto. ¡Faltaría más! Sin embargo la amabilidad innata que les caracteriza, el dominio de un idioma que nos devuelven refinado, y sobre todo, esa fe católica lozana y sincera que no han retorcido las elucubraciones ideológicas europeas, hacen que, como comunidad, no se pueda hablar de problemas de integración graves de los hispanos. Es lógico que vengan a España. Es saludable que vengan. Vienen por un puente que llevamos quinientos años construyendo, a pesar de todo. Y vienen, entre otras cosas, para ayudarnos a atender a los turistas. Tenemos que quererlos.

Pero con los inmigrantes procedentes del Islam es distinto. Llevamos separados de ellos mil trescientos años por una belicosa frontera. ¿Cómo va a ser extraño que den los musulmanes problemas de integración? Al fin y al cabo el problema de la integración es cultural. Es decir: religioso. Religioso con implicaciones políticas.

Los musulmanes, cuya cosmovisión religiosa exige el desarrollo paralelo y simultáneo de unas estructuras políticas concretas, llegan a Europa y se encuentran con países postcristianos en los que, en teoría, vale todo. Aquí ya no se enfrenta la vieja Cristiandad contra el bárbaro Islam como en los tiempos de la Reconquista. La Cristiandad auténtica vive agazapada. Hace tiempo que fue derrotada por el liberalismo relativista que se sienta en el trono de los antiguos reyes cristianos.

Los enfrentamientos y las incomprensiones de que somos testigos se están produciendo entre un estado laico y aconfesional postcristiano que se creía que lo tenía todo controlado, y un grupo religioso, una comunidad de fe y vida, a la que no se quiere reconocer su personalidad como tal grupo creyente y dogmático.

Es una ingenuidad supina pensar que los musulmanes que vienen se van a contentar con la mera tolerancia mediocre de los liberales. No están viniendo para mezclarse con nosotros. Vienen para vivir. Para vivir con todas las consecuencias. También con consecuencias políticas. En cierto modo tengo que decir que hacen bien. Todo el mundo tiene derecho a que se le deje vivir en paz y a su aire -dentro de un orden- y sería inhumano permitirles venir a condición de mutilar su credo o renunciar a sus creencias.

Me hace gracia ese escándalo y esos aspavientos que lanzan los liberales relativistas cuando chocan con el dogmatismo monoteísta del Islam. Al fin habían conseguido arrinconarnos a los católicos que queremos una confesión religiosa pública, y resulta que se encuentran ahora con un monoteísmo confesional todavía "peor", más intransigente si cabe, que nuestro civilizado dogmatismo católico.

Lo que pasa es que los relativistas no comprenden a los musulmanes. Es más: los desprecian casi tanto como al Papa. En cambio los católicos no-liberales si que podemos comprenderles. Pero voy todavía más lejos: yo amo a los musulmanes. Les quiero, ¡sí!. Me gusta que recen. Me encanta saber que ofrecen a Dios su ayuno y su limosna. Y los quiero tanto, tanto, tanto, que espero que, un día, se hagan cristianos como yo, cuando crean por fin que Jesús es el Salvador.

Pero claro, mientras tanto hay que convivir. Y para convivir como Dios manda lo que hay que hacer es reconocer la personalidad de cada comunidad religiosa islámica allá donde quiera que esté. Y por la misma razón tendremos que reconocer antes -¿no es así?- la personalidad católica de España y los españoles, allá donde quiera que estén. Se trata de nuestra propia personalidad, de nuestra identidad. Si no la defendemos estaremos perdidos.

¿Cómo podrá una dirección política relativista y anti-confesional defender nuestra identidad como pueblo? Me temo que la confesión relativista es muy débil. Siempre acaba cediendo al más fuerte. Hace cincuenta años cedió en toda Europa ante el más fascista, hoy cede ante el más rico. Y así todo sucede, en fin, sólo porque la política relativista que sufrimos se empeña en ignorar la realidad del hecho religioso.

Los musulmanes no se van a escandalizar porque a los cristianos nos de por defender nuestra religión católica. ¿Cómo se iban a escandalizar si ellos mismos no tienen la más mínima tolerancia en sus países?. Lo que realmente no entienden los islamitas, lo que les hace mirar a nuestra "Al-Andalus" como tierra re-reconquistable es que los cristianos hayamos renunciado a vivir "en cristiano" con todas las consecuencias.

En conclusión. Si yo tuviera bigote y fuese el presidente de un partido con mayoría absoluta en España, con el fin de evitar problemas futuros bastante más gordos que la cuestión del "chador", haría -entre otras cosas- lo siguiente:

1º. Concedería estatutos especiales -muy concretos y limitados- a las comunidades de musulmanes que -por desgracia- ya están entre nosotros, reconociéndoles su identidad y el derecho que tienen a usar vestidos, lengua, educación, cultos, etc. según su costumbre. Pero no me empeñaría en integrar lo imposible.

2º. Primaría la inmigración de cristianos frente a la de musulmanes. Porque la inmigración musulmana es una verdadera invasión. Porque la historia está para algo y sería del género idiota volver a abrir una página que bien o mal se cerró en 1621.

3º. Procuraría llevarme bien con nuestros vecinos musulmanes de África.