Sociedad

El rigor de la conciencia

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Tomás Moro ascendió al cadalso con su irrefrenable buen humor. Al fin y al cabo, creía que iba hacia la gloria eterna. Cuentan que solicitó al verdugo que lo ayudara a subir las escaleras, puesto que bajar ya no sería su problema. También pidió a su ejecutor un tajo certero que no estropeara la barba que le había crecido en prisión. Instantes después, el hombre que había escrito con minuciosidad el largo texto que había de figurar en su lápida, elevó la voz para pronunciar su auténtico epitafio: «Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios». Y cayó el hacha. Era el 6 de julio de 1535, y Tomás Moro tenía 56 años.

El Rey, Enrique VIII, había sido su gran amigo e impulsor hasta elevarlo, en 1529, a la suprema categoría de Lord Canciller de Inglaterra, un puesto al que nunca había accedido un laico. El monarca Tudor, antes de que se le fuera yendo la olla, compartía con Moro su ferviente catolicismo, su aversión por Lutero, los reformistas y los herejes y su entrega a la cultura. Enrique VIII compuso música notable e impulsó las artes y las letras.

Pero el Rey quería tener un hijo varón a efectos de sucesión y Catalina de Aragón no se lo daba. Pidió a Roma la nulidad de su matrimonio -aduciendo que Catalina había estado casada con su hermano Arturo-, y ahí el infausto Papa Clemente VII -primero sí, finalmente no- anduvo con dudas, ya que metido en los líos políticos y bélicos que se mezclaban con la Reforma y la Contrarreforma y, además de queriendo hacer caso a la doctrina, quería hacer caso al todopoderoso Emperador Carlos V, sobrino de Catalina y nada partidario de la revocación del matrimonio.

Después de muchas idas y venidas, Enrique VIII -seis esposas; dos, ejecutadas- se casó por su cuenta con la luego infortunada Ana Bolena, y Moro dimitió de su cargo y se retiró a su casa de Chelsea con la intención de llevar una vida tranquila, dedicada al intelecto y al contacto con Dios.

Pero Enrique VIII fue más lejos, se separó de la Iglesia de Roma e hizo rancho aparte. En 1534, conminó a todo quisque a firmar la llamada Acta de Supremacía, que lo proclamaba como cabeza de la nueva Iglesia anglicana y exigía juramento. Demasiado para Moro, que no firmó. Aunque sufrió presiones, aunque firmaron muchos de sus amigos, aunque firmaron su mujer y sus hijos, aunque fue encarcelado, aunque supo que iba a ser ejecutado. No quiso firmar ni explicar por qué no firmaba.

Tomás Moro era hijo de un ilustre jurista y él mismo estudió leyes y se dedicó a la abogacía como defensor. En su brillante trayectoria profesional, y hasta llegar a la cúspide política, también protagonizó gestiones diplomáticas y mercantiles de grandes compañías y fue administrador de Oxford -donde había estudiado- y Cambridge.

Quien hoy está considerado uno de los máximos humanistas del Renacimiento, dominador del francés, del griego y del latín, traductor, poeta epigramático, biógrafo de Ricardo III y de Pico della Mirandola, teólogo espiritualista, polemista y antiherético en diversos opúsculos, fue el autor, en 1516, de uno de los libros más influyentes en la historia de la literatura, el pensamiento y la política: Utopía.

Tomás Moro acuña el término con el título de los dos volúmenes de su obra, que es el nombre de la isla donde se despliega su visión ideal de una manera de vivir y de organizarse sociopolíticamente. Utopía, a partir del griego, quiere decir un no-lugar. De otro modo, un lugar inexistente.

Tomando de Platón, San Agustín -fue comentarista de La ciudad de Dios- y Pico della Mirandola, Moro cuaja la primera utopía de la Historia, no sólo inspiradora de todas las posteriores -y foto en positivo de las futuras distopías o utopías negativas-, sino gran corpus influyente en pensadores que van desde Rousseau a Carlos Marx, ya que, entre otros detalles y matices muy sustanciosos que no caben aquí, Moro proponía la igualdad absoluta y la abolición de la propiedad privada.

Gran admirador de Thomas Becket -asesinado por enfrentarse a Enrique II-, la ortodoxia católica de Moro -que él hizo valer como compatible con su libertad intelectual- contrasta con los caminos tomados por su mejor amigo, la otra gran figura del humanismo renacentista europeo: Erasmo de Rotterdam, autor del Elogio de la locura -de la estupidez, más bien-, libro ultimado en la propia casa de Moro.

En una de las cartas recogidas en esta edición de El Acantilado, Moro tira suavemente de las orejas del holandés. Moro y el autor de los Adagios se conocieron en Londres en 1499 y mantuvieron su amistad -encuentros, colaboraciones, correspondencia- hasta el final, por encima de sus no pocas discrepancias. Erasmo tradujo la Biblia y esa traducción dio alas a la rebelión de Martin Lutero. Erasmo criticó fondos y formas de la Iglesia Católica oficial, en busca de una religión más personal, auténtica y libre. Por ello, él y sus seguidores fueron condenados por Roma y también perseguidos por los luteranos, con los que Erasmo no se quiso alinear. Moro y Erasmo, por cierto, fueron retratados por el mismo artista, Hans Holbein el Joven, con toda su elegante severidad y claridad de mirada (aunque puede parecer que a Erasmo se le va a escapar la risa).

Aunque a punto estuvo de meterse a fraile -permaneció tres años en una cartuja-, Moro estuvo casado dos veces -enviudó de Joan y se casó con la viuda Alice-, tuvo cuatro hijos y crió a otra -de Alice-, manteniendo una preferente relación con su hija Margaret, que lo visitaba en los 14 meses que estuvo recluido en la Torre de Londres y que, como se ve en las cartas, no coincidía con su padre en la determinación a tomar ante el Rey.

Álvaro Silva -traductor y editor de estas Últimas cartas desde prisión- contabiliza que la palabra «conciencia» aparece más de 100 veces. La última misiva, a Margaret precisamente, es del día anterior a su ejecución.

Tomás Moro fue proclamado santo y elevado a los altares en 1935. El Papa Juan Pablo II lo designó Patrono de los políticos y gobernantes en 2000. Recordemos también que Tomás Moro ganó seis oscars mediante la película Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966).

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