Sociedad

Complejos nacionales

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Cuando hablamos de un determinado sitio o lugar, habremos de referirnos, también, a su idiosincrasia, modo de ser, mentalidad y sentido de su particular historia.

Cada lugar, en este caso país o nación, posee su forma de ser, en función no solo de lo que viene determinado por el lugar geográfico que ocupa sino también por un conjunto de circunstancias, entre las que destaca, por ser factor fundamentalísimo, su cultura y educación.

Existe un fenómeno común a cualquier zona y lugar y que es la visión de sí mismo que tiene o puede tener una persona, según el lugar en que haya nacido, viva y trabaje.

Evidentemente, no es lo mismo el individuo que vive en Groenlandia o en Finlandia, así como todos aquellos de climas fríos que quienes se encuentran en países y zonas templadas y cálidas. Lo que siempre se ha calificado como la “sangre”, puede serlo fría y flemática o caliente, vehemente, problemática e inestable.

Quienes somos de países o naciones como España, quizá desarrollamos más lo imaginativo, la improvisación y, en general, un carácter exaltado y presto a los extremismos, al contrario de aquellos otros de latitudes de más arriba, en donde priman otras formas de ser y entender la vida en su conjunto.

Junto a esas cualidades y mentalidades se une, de la misma manera, una cosmovisión diferente, según el sitio.

Hoy por hoy y a pesar de los medios de comunicación existentes y de ese concepto mundialista que nos convierte, casi, en habitantes de lo que se convino en denominar “aldea global”; sin embargo los pueblos no están homologados ni suscritos bajo un común denominador que los hagan sentir de la misma manera o reaccionar de idéntica forma ante unos estímulos concretos.

Y una de esas características que distinguen a unos pueblos de otros, es el modo de ser y de comportarse ante determinados hechos y ante su propia historia.

Unos son más indiferentes ante ella y, por tanto, más vulnerables a las influencias y dominios externos y otros, por el contrario, mucho más “chauvinistas”, conservadores y guardianes celosos de sus tradiciones nacionales, usos y costumbres en general. Los nacionalismos son otras “historias”.

Se dice y no sin razón que cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Ante un ambiente de indolencia, incuria e indiferencia, cabe establecer una relación causa-efecto y se diría que es la incultura y la falta de educación, los factores determinantes para que un pueblo se dé un determinado gobierno.

Las mediocridades políticas no surgen por generación espontánea sino fruto de un terreno abonado para ello.

La crisis existentes a nivel general, no solo económica sino de otras muchas índoles, posiblemente han hecho que el horizonte que se otea actualmente no sea el más halagüeño y figuras ilustres de la política internacional de otros momentos históricos, por esas mismas razones, ni existen ni se esperan, de momento.

“Nemo dat quod non habet” que dice el aforismo romano clásico (“nadie da lo que no tiene”) y, extrapolado a nuestro tiempo, “no hay más cera que la que arde”.

El sistema democrático imperante y que une, de alguna forma y manera, al mundo civilizado, nos permite corregir el rumbo de la nave, cuando vemos las derivas inoportunas que toma, mediante el voto en las urnas.

Resignarse ante una determinada situación y aceptarla sin solución de continuidad, es ubicarse fuera del contexto de la razón y del propio interés que, como ciudadano, tiene cada cual.

En ese terreno y aunque todo los panoramas sean parecidos, hemos de mentalizarnos a que cada pueblo, cada nación, cada país en suma, tiene sus peculiaridades, sus intereses y su mentalidad en este caso, aunque nos hallemos inmersos en Europa, como Comunidad.

Apelemos a las mejores cualidades que cada cual posee y desprendámonos del gran defecto -frente a las virtudes patrióticas de otros pueblos y naciones, perfectamente compatibles con el progreso y la modernidad- de nuestros nefandos complejos nacionales.

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