Sociedad

El sentido del dolor y su percepción en la sociedad actual

Escrito por Alfa y Omega. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

El semanario Alfa y Omega dedicó su número 411 al sentido del dolor y a la percepción que la sociedad de comienzos del tercer milenio tiene del mismo. Se recogen aquí algunos de los estupendos artículos que lo integraban.


Al comienzo del tercer milenio- El nuevo elixir de la eterna juventud -
Francisco José Flórez Tascón

Pedagogía del sufrimiento - El dolor pertenece a la vida del hombre - A. Llamas Palacios 

La sociedad y el enfermo mental -Francisco José Audije Pacheco 

Se sufre antes de nacer - La opinión de los expertos 

La serenidad en el dolor - Carta del Hermano Rafael a su tío

 

Al comienzo del tercer milenio.
El nuevo elixir de la eterna juventud
Francisco José Flórez Tascón

La vida humana está hecha de una serie de destrucciones y reconstrucciones", diría Norman Mayler. Hoy, cuando asistimos a un renacer de la inteligencia sentiente de Zubiri, cuando con Francis Fukuyama aumenta la desconfianza en el otro, con Susan Sontag está en plenitud la vieja disputa entre lo viejo y lo nuevo; cuando muerto el marxismo y derribado el Muro, democracia es libertad, es cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Sufrimos una pérdida de lealtad y de fidelidad a lo religioso, un descrédito de la jerarquía y un erotizado relativismo moral súper permisivo. Esta civilización superferolítica y galáctica ha dejado de hablar, en un mundo de muerte, de la excelencia y del ideal heroico de exaltación. Vivimos el tiempo del hombre ligth y del carpe diem, del consumo del sexo y del exceso de banalización de los valores, con la exaltación de motivaciones sólo en parte confesables. Se está volviendo de nuevo a la persona, a la personalidad, la totalidad del ser tal como se aparece a los demás y a nosotros mismos. Se ha puesto de moda, otra vez, el análisis existencial.

La salud, según la OMS, es una situación de completo bienestar físico, psíquico y social, que no consiste sólo en la ausencia de enfermedad; es una forma de vivir que implica el sentimiento subjetivo de sentirse bien, y el objetivo de no padecer alteraciones estructurales o funcionales, de ser capaz de trabajar y estar socialmente integrado; una palabra bendita, que suele identificarse con el criterio integrado.

En España, la implosión demográfica, el alejamiento de la mortalidad nos lleva, en 2003, pese a una baja natalidad de 1,3 hijos por pareja, paliada por una baja mortalidad infantil, a una población de 42 millones, que comprende un 16-17% de mayores de 65 años; de ellos, 2,5 millones, que serán 5 en 2020, de emigrantes; y a una esperanza de promedio de vida de 79 años -77 los varones, 83 las mujeres-, con unos 6,3 millones de mayores de 65 años que, según las previsiones, serán 8,6 hacia 2026 (con una esperanza de vida de 74 años para los varones, 82 para las mujeres).

El dolor de vivir

Se produce una feminización de la tercera edad. Las españolas, según la Encuestra Nacional de la Salud, sobre 26.400 individuos, en el año 2001, tienen peor salud que los hombres; el 21%, frente a 16% de los hombres, han estado enfermas el último año; el 16%, frente al 12%, padecen hipertensión arterial; el 11,3%, frente al 10,3% de los hombres, tienen su colesterol elevado; el 6%, frente al 5,2% de los hombres, tienen diabetes; el 13,6%, frente al 11,9%, tienen obesidad; el 9,2%, frente al 7%, tienen depresión.

En el albor del siglo XXI, de la sociedad de la información se pasa a la sociedad del conocimiento, con la sobrecarga de la información y su transmisión teledirigida. La información médica crece un 10% anual, si bien, al cabo de 5 años, la mitad de la información inicial se ha vuelto obsoleta.

Si antes había manuales médicos a la cabecera del enfermo, ahora hay Guideness, Consensus, protocolos, webs, bancos de datos, hipertextos de gráficos e imágenes, inteligencia artificial, ciber y teleconferencias a la cabecera del médico, y, en su preocupación, la cibermedicina, la telemedicina, con el paciente informado y muchas veces malinformado o desinformado, comprando hasta las medicinas por la Red.

Enrique Rojas habla del hombre ligth; ante la ascensión femenina, el símbolo no es Don Juan, Humphrey Bogart o John Wayne, sino Bradd Pitt, Tom Cruise o Leonardo di Caprio; no tiene sentido el esfuerzo ni el sacrificio, se acude al nuevo sacerdote médico científico y se quiere que cure no sólo el dolor, sino el dolor de vivir. Surge una Medicina para sanos informados en las píldoras del bienestar, cosméticos en pastillas, para prevenir la calvicie, la obesidad, el insomnio y el jet lag, para mejorar la memoria, antioxidantes, dopantes, todo lo cual mueve cifras astronómicas de unos 40.000 millones de euros para no curar nada.

Como antes se buscaba el elixir de la eterna juventud, hoy se busca la droga milagro, la terapia hormonal sustitutiva de la menopausia y la andropausia, la hormona de crecimiento y sus precursores, pero, sobre todo, la prevención de la decrepitud, el malenvejecimiento y dependencia.

En esta hora de merecer, como médico cristiano que soy, aceptaré la muerte, pero lucharé con ella hasta el último momento del milagro de la vida, recurriendo a la regeneración de los tejidos y al trasplante, a las células madres, tratando de averiguar las bases genéticas de la inmortalidad celular.

Si nadie debe morir sin un poco de amor, sin un poco de gloria, el científico ha de caminar con los pies en las arenas de la playa, la mirada en los cielos, entre la utopía de Fausto y la tragedia, buscando la estrella de la Verdad, que, en 1976, la revista Science resumía así en su editorial: "Diversos estudios parecen demostrar que la longevidad depende de una combinación de factores. Destacan entre ellos la buena nutrición, el control de peso, la abstención de excesos en la ingestión de alcohol y en fumar cigarrillos, hacer bastante ejercicio y dormir suficiente".

Cuando el mundo era más simple, los ricos estaban gordos, los pobres delgados y la gente honrada se preocupaba de dar de comer a los hambrientos; ahora mismo en muchos lugares los ricos están delgados, los pobres gordos y la gente honrada se preocupa de la obesidad, de su inexorable progresión, y de su exceso de masa corporal.

 

 

Pedagogía del sufrimiento
El dolor pertenece a la vida del hombre
A. Llamas Palacios 

"¿Por qué a mí?"; "¿Por qué Dios permite esto?" Los que estuvieron cerca de los heridos y familiares de víctimas del 11-M recuerdan que estas preguntas resonaban en los pasillos de los hospitales, en las calles de la ciudad. El dolor forma parte de nuestra vida, como nuestro propio nacimiento, el amoro la muerte. Los momentos de sufrimiento pueden hacernos caer en la desesperación, en el egoísmo de creer que nuestra enfermedad es lo único que sucede en el mundo, pero también pueden ser momentos de cercanía al Señor en la Cruz. José Luis Martín Descalzo decía que "Cristo quiere nuestro amor, no nuestro dolor", y existe una manera de descubrirlo: mirando el dolor desde la serenidad y la aceptaciónde la voluntad de Dios

Cuando tenía 20 años, Marta contrajo la enfermedad de Crown. Explicado con sus propias palabras, "se trata de una enfermedad del sistema inmunológico en la que éste no reconoce al organismo como propio y lo ataca". Ocho años después de aquello, y tras largas temporadas en los hospitales, Marta ha logrado habituarse al dolor, que se ha convertido en el compañero cotidiano de una vida que intenta ser lo más normal posible. Por eso, se dedica, desde hace dos años, a la profesión que más satisfacciones le proporciona: la enfermería, trabajo con el que disfruta especialmente y con el que dice sentirse muy identificada. Ella encontró la fuerza para superarse en medio del sufrimiento, y aprender a vivir con una enfermedad que la limitaría para toda la vida. "Yo nunca he vivido mi enfermedad como un castigo -confiesa-, aunque sí que es verdad que te enfadas, pero no con Dios: eres joven y sientes impotencia, porque tienes vitalidad y tu cuerpo no te sigue. Siempre he sentido que Dios me acompañaba, nunca perdí la capacidad para sonreír, y, aunque me costase rezar, he comprobado que el Señor me ha acompañado siempre".

Luis Armando lleva 17 años trabajando en el departamento de Pastoral de una unidad de cuidados paliativos con enfermos terminales. Él es religioso Camilo, una Congregación que tiene como carisma la atención a los enfermos. En esta peculiar unidad de apoyo pastoral, Luis Armando ha visto pasar a infinidad de enfermos que, junto con sus familiares, sufren, se hacen preguntas y pasan horas muy duras en la soledad de la enfermedad. "En estos momentos -explica- surgen preguntas que remiten a lo más profundo de la vida de la persona que uno tiene que acompañar y ayudar, porque, si no, eso puede ser motivo de un sufrimiento espiritual y moral muy grande. Nosotros (los religiosos que atienden esa unidad) somos los sanadores del espíritu que trabajamos conjuntamente con los sanadores del cuerpo".

En su análisis de la realidad, Luis Armando afirma que ha observado, a lo largo de todo este tiempo, que las personas con frecuencia tienen una visión de Dios que corresponde más a sus propias expectativas personales, a su propia visión de la vida, que a la revelación misma del Dios verdadero. Muchas veces, según Luis Armando, la gente ve a Dios como un castigador.

En estas circunstancias, las personas que, como él, se encargan de acompañar al enfermo en sus momentos de mayor dolor, aplican una Cristología positiva: "La enfermedad de una persona no corresponde a intervenciones divinas, Dios no le está castigando con la enfermedad. Dios sana la vida total del enfermo".

Marta y Luis Armando son dos ejemplos de personas, como tantas otras, que conviven a diario con el dolor y el sufrimiento, una realidad que nos iguala a todos los hombres, seamos blancos o negros, altos o bajos, cristianos o musulmanes. Nadie está a salvo del dolor, pues es parte de nuestra condición humana, temporal, quebrantable, y sólo quien ha sufrido puede crecer y madurar en el sentido de su vida, así como conocerse a sí mismo. Decía León Bloy que, "en el corazón del hombre, hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas".

El dolor descubre el corazón

No se trata de considerar el dolor como algo bueno en sí, ni de quitarle importancia al sufrimiento, ni de pensar que el dolor, por sí sólo, puede realizar maravillas en la vida de nadie. El dolor es un misterio, y, como afirmaba el sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo, "hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Y hay que acercarse al dolor con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad". Porque, a pesar de los años y de los avances de la ciencia, el hombre sigue sufriendo la muerte de sus seres queridos, sigue enfermando, envejeciendo, y sintiendo la misma frustración y vacío cuando su amor no es correspondido.

Entonces, ¿por qué existe el dolor? Ésta podría ser la pregunta más formulada de la historia de la Humanidad. Muchos son los que, después de una grave enfermedad, después de terribles sucesos como el atentado del 11 de marzo en Madrid, se preguntan: ¿Por qué a mí?; ¿Por qué permite Dios esto?; ¿Por qué, si Dios es bueno, permite que mueran niños inocentes, permite la enfermedad, permite la orfandad, la tortura, la crueldad? Muchas crisis de fe han surgido tras la muerte de las personas más queridas, las guerras, las catástrofes, el mal.

Juan Pablo II, en la Carta apostólica Salvifici doloris, dedicada al sentido cristiano del sufrimiento humano, explica que, "dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. (…) A través de los siglos y generaciones, se ha constatado que, en el sufrimiento, se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo san Francisco de Asís o san Ignacio de Loyola. Fruto de esta conversión es, no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino, sobre todo, que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de su vocación.

Este descubrimiento es una confirmación particular de la grandeza espiritual que, en el hombre, supera el cuerpo de modo un tanto incomprensible. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil, y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los hombres sanos y normales. Esta madurez interior y grandeza espiritual en el sufrimiento, ciertamente, son fruto de una particular conversión y cooperación con la gracia del Redentor crucificado. Él mismo es quien actúa en medio de los sufrimientos humanos por medio de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador. Cristo, con su sufrimiento, ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea, del bien de la salvación eterna. Cristo, con su sufrimiento en la cruz, ha tocado las raíces mismas del mal: las del pecado y de la muerte. Ha vencido al artífice del mal, que es Satanás, y su rebelión permanente contra el Creador. Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del reino de Dios, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor".

El egoísmo, la enfermedad

La tristeza, la tentación que nos aleja siempre de Dios, es una de las enfermedades más terribles de esta época que nos ha tocado vivir. Decía Martín Descalzo que una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, "que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creernos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran a miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique, gastamos un día entero en autocomplacernos". Si es verdad que nadie tiene mayor amor, es decir, mayor alegría, que el que da la vida por sus amigos, parece lógico que no haya mayor tristeza que la de aquel que se mira únicamente al ombligo. Por eso puede ser cierto que la mayor enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo.

En una Audiencia general, hace tan sólo unos días, el Papa explicaba que el sufrimiento en sí mismo "puede esconder un valor secreto y convertirse en un camino de purificación, de liberación interior, de enriquecimiento del alma. Invita a vencer la superficialidad, la vanidad, el egoísmo y el pecado, y a ponerse más intensamente en manos de Dios y de su voluntad salvadora".

Pero entonces, ¿es que es bueno el dolor? En su libro El problema del dolor (Ed. Rialp), el escritor C.S. Lewis se pregunta precisamente esto: "En el cristianismo hay una paradoja sobre el dolor. Bienaventurados los pobres, pero estamos obligados a eliminar la pobreza siempre que sea posible mediante el juicio, es decir, la justicia social, y la limosna. Bienaventurados los que padecen persecución, pero debemos evitar la persecución huyendo de una ciudad a otra, y es legítimo orar, como oró nuestro Señor en Getsemaní, para ser dispensados de ella. Si el sufrimiento es bueno, ¿no deberíamos perseguirlo en vez de evitarlo? Mi respuesta a esta pregunta es que el sufrimiento no es bueno en sí mismo. Lo verdaderamente bueno para el afligido en cualquier situación dolorosa es la sumisión a la voluntad de Dios".

 

La sociedad y el enfermo mental

Cuando se aborda el tema de los trastornos mentales, a menudo nos enfrascamos hablando del aspecto científico, pero miramos de reojo y con cautela el aspecto humano. De tal forma es así, que se han producido avances importantes en el conocimiento del cerebro, aunque sabemos que es un órgano con tantas posibilidades que estos avances aún se quedan cortos para lo que falta por descubrir; sin embargo, desde el punto de vista del lugar que ocupan los enfermos mentales en la sociedad, nos encontramos en una especie de prehistoria, en la que se han hecho algunos progresos, como el abrir los sanatorios psiquiátricos para que estos enfermos se inserten en la sociedad, pero la sociedad no ha puesto en funcionamiento mecanismos para que esto ocurra.
¿Por qué a una persona postrada en una silla de ruedas, o a un invidente, se le abren cada vez más las puertas, y un esquizofrénico, por ejemplo, debe guardar en secreto su limitación para que no se le discrimine a todos los niveles?

En primer lugar, un loco puede pasar desapercibido como enfermo y disminuido, de la consciencia de los que le rodean. Se suele decir que los locos estarán locos, pero no son tontos, es más, suelen tener un coeficiente de inteligencia bastante alto, pero eso no evita que tengan otras limitaciones, derivadas unas veces de la medicación, cuyos efectos secundarios, en muchas ocasiones, les dificultan llevar un ritmo normal de vida; y otras veces se dan limitaciones derivadas del propio trastorno, siendo éstas las que más rechazo provocan en el entorno, ya que califican a la persona de rara, sui géneris, o incluso peligrosa, y en la sociedad nos educan para ser uniformes y tendemos a encerrarnos en nuestro círculo de uniformidad, de manera que si rechazamos a los que, siendo normales, son diferentes a nosotros, cuánto más rechazaremos a los que son diferentes a los diferentes. Por lo tanto, las personas que reciben tratamiento psiquiátrico no serán disminuidos o discapacitados al estilo de una persona que le falta un brazo o que no puede oír, pero sí tienen limitaciones que, a pesar de todo, no harían vano el esfuerzo social por adaptarse a ellas, como ya se ha hecho con otros colectivos también limitados.

En segundo lugar, se echa mucho en falta una o unas organizaciones que aglutinen a las víctimas de la enfermedad y a sus familias, que suelen ser las que cargan con el peso del problema. Hoy día, al menos en los países desarrollados, sólo las organizaciones que encierran a un número apreciable de afiliados tienen poder de presión y de convicción frente a las instituciones, y en general frente a la sociedad. Ésta sería la mejor forma de concienciar al mundo y, además, de prestarse apoyo entre los interesados en todos los sentidos, incluido el sentido moral de no sentirse solo.

Los cristianos, que formamos una comunidad bastante significativa, podemos y debemos desechar los escrúpulos y poner cada uno, en la medida de nuestras posibilidades, nuestro granito de arena. Para ello, como siempre, hay que volver la vista a Jesús y contemplarle curando endemoniados, los cuales en muchos casos lo que tenían realmente eran trastornos mentales. Hay que fijarse en cómo, sin temor ni reparo, se acercaba a lacras mucho peores como la lepra, cuyos enfermos eran confinados y abandonados hasta su muerte. Jesús nunca discriminó a nadie, ni siquiera a sus enemigos, para los que pedía el perdón y daba siempre otra oportunidad, es más, entregó su vida por ellos, sobre todo por ellos, porque decía que no había venido a curar a los sanos, sino a los enfermos, y lo decía en el doble sentido físico y espiritual.

Un enfermo mental tiene que luchar contra dos realidades: la que le expone su alterado cerebro y la que le exponemos los demás. Si nosotros, que sólo luchamos contra una realidad de estas dos, hacemos valer la ventaja que contamos y, mediante la comprensión, la paciencia y un poco de sacrificio, que son tres importantes cualidades del amor, contribuimos a que estas personas se adapten entre nosotros, habremos reforzado la lucha contra su mal y podrán sumar más energías en la otra lucha por la integración social. Francisco José Audije Pacheco

 

 

Se sufre antes de nacer

"El feto no sólo siente dolor, sino que su percepción parece ser más profunda que la de un niño mayor": así lo afirma el doctor Carlo Benelli, médico neonatólogo italiano. "Lo sabemos -continúa- porque faltan en la vida fetal muchos mecanismos que se encargan, tras el nacimiento, de evitar el dolor. Sin embargo, ya desde la mitad de la gestación, los estímulos dolorosos han abierto todas sus vías para ser percibidos".

"Todos los fetos nacidos prematuramente -explica Carlo Benelli- demuestran una vitalidad inesperada para la edad y las dimensiones. Hoy sabemos que el feto dentro del útero materno percibe olores y sabores. Oye los sonidos. Los recuerda después del nacimiento. Desde luego, sabemos que el feto, desde las 30 semanas de gestación, es capaz de soñar. En realidad, no se puede pensar que al salir del útero el bebé se hace persona. Porque en el nacimiento, desde el punto de vista físico, se cambia verdaderamente poco: entra aire en los pulmones, se interrumpe la llegada de la sangre desde la placenta, cambia el tipo de circulación de la sangre en el corazón y poco más".

En estas últimas semanas, los medios de comunicación se han hecho eco de una noticia que ha salido a la luz gracias a un médico inglés, el profesor Campbell, que ha podido capturar imágenes de bebés en el útero materno por medio de un revolucionario escáner en tres dimensiones. En estas imágenes se puede ver cómo los bebés "realizan movimientos respiratorios dentro del útero, aunque no haya aire, o pestañean aunque no haya luz", tal y como lo explica el profesor. En declaraciones a la prensa, éste afirmó: "No creo que la gente se dé cuenta de la variedad de expresiones faciales que se consiguen en el útero, ni siquiera de que los bebés parpadean. Con un escáner de dos dimensiones puedes ver que los globos oculares se mueven, pero ahora está bastante claro que abren los párpados en un medio muy oscuro, así que debe de ser un reflejo. Lo que esconde una sonrisa, por supuesto, no puedo decirlo, pero las comisuras de los labios se elevan y los carrillos se hinchan…"

 

La serenidad en el dolor

Monseñor Rafael Palmero, en su libro "Teología del dolor y de la enfermedad en la experiencia del Hermano Rafael", recoge esta carta del Hermano Rafael a su tío:

Por el camino que el Señor me lleva, camino que sólo Dios y yo conocemos, he tropezado muchas veces, he pasado amarguras muy hondas, he tenido que hacer continuas renuncias, he sufrido decepciones, y hasta mis ilusiones que yo creía más santas, el Señor me las ha truncado. Él sea bendito, pues todo eso me era necesario…, era necesaria la soledad, fue necesaria la renuncia a mi voluntad y es necesaria la enfermedad.

¿Para qué? Pues mira, a medida que el Señor me ha ido llevando de acá para allá, sin sitio fijo, enseñándome lo que soy y desprendiéndome unas veces con suavidad de las criaturas y otras con rudos golpes…, en todo ese camino que yo veo tan claro, he aprendido una cosa, y mi alma ha sufrido un cambio… No sé si me entenderás, pero he aprendido a amar a los hombres tal como son, y no tal como yo quisiera que fueran, y mi alma con cruz o sin ella, buena o mala, aquí o allí, donde Dios la ponga, y como Dios la quiera, ha sufrido una transformación…

Yo no sé expresarlo, no hay palabras…, pero yo lo llamo serenidad…; es una paz muy grande para sufrir y para gozar…; es el saberse amado de Dios, a pesar de nuestra pequeñez y nuestras miserias…; es una alegría dulce y serena cuando nos abandonamos de veras en sus manos; es un silencio por todo lo exterior, a pesar de estar de lleno en medio del mundo; es la felicidad del enfermo, del tullido, del leproso, del pecador que, a pesar de todo, seguía al nazareno por los caminos de Galilea… Dios me lleva de la mano, por un campo donde hay lágrimas, donde hay guerras, hay penas y miserias, hay santos y pecadores, me pone muy cerca de la cruz y, enseñándome con la mirada todo esto, me dice: "Todo eso es mío, no lo desprecies…"

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