Sociedad

China, ¿Espartaco o pereza de occidente?

Escrito por Pedro Beteta. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

China se quiere comer el mundo y puede competir con precios muy baratos por la mano de obra y el mendrugo de pan, pero es un continente donde la esclavitud no ha sido como se sabe abolida. Si quiere ser como Espartaco y dar espectáculo acabará igual que el gladiador que se rebeló contra Roma. Lo que libera es la verdad y ni ellos ni occidente la buscan.

 

 

 

 

Occidente no acepta el sacrificio. Calidad de vida es una expresión que camufla con mucha frecuencia el egoísmo y la huída de no afrontar la realidad de que estamos de paso. Al pasear por tantas ciudades de Europa y Norteamérica son muchas las labores incómodas, duras y sacrificadas que son ejercidas por personas de continentes pobres. No faltarán las quejas por el desempleo que generan las grandes multinacionales cuando ante las crisis económicas “carecen de corazón” –en realidad nunca lo tuvieron – para poner en la calle, de la mañana a la noche, a gente que les fue fiel durante décadas.


A veces la empresa les dulcifica con la prejubilación para dar entrada a gente joven que aprende pronto, ganan mucho menos y trabajan “sin horario”, porque si lo sugieren se les hace saber que hay “cola de espera para su mismo puesto”. No faltarán las quejas pero es lo que hay porque “quien siembra vientos recoge tempestades”. Hablamos de libertad a todas horas y nunca ha habido tanta esclavitud. Las mismas grandes multinacionales están en un ¡ay! Si debes veinte mil euros al Banco tienes un problema gordo –eres esclavo de él– tal y como están las hipotecas, pero si son muchos los que están como tú o en lugar de veinte mil euros son veinte mil millones… el esclavo es el Banco porque “la lleva clara”.


El capitalismo salvaje, la mal llamada cultura del bienestar y otras modalidades son una forma moderna de esclavitud que se ha visto agrandada por las angustias morales que, a la injusticia laboral, añade el hombre con el aborto, la eutanasia, la violencia de género, el deterioro de la familia, los niños conflictivos, etc., que encuentran en ese ambiente de esclavitud egoísta su caldo de cultivo. Las instituciones financieras de Europa y América han tenido que inyectar unas cantidades gigantescas de dinero a las empresas para que no las compren los chinos o los árabes que, unos por el abaratamiento de la mano de obra y los otros por los petrodólares amenazan con una invasión mundial. La verdad es que yo no entiendo de esto pero los especialistas de la prensa –que deben saber– son los que lo dicen.


China se quiere comer el mundo y puede competir con precios muy baratos por la mano de obra y el mendrugo de pan, pero es un continente donde la esclavitud no ha sido como se sabe abolida. Si quiere ser como Espartaco y dar espectáculo acabará igual que el gladiador que se rebeló contra Roma. Lo que libera es la verdad y ni ellos ni occidente la buscan. Y si no se busca difícil es encontrarla. No la buscan porque es exigente, compromete y no es cosa de mera laboriosidad sin topes de tiempo. Pero, por otra parte, Europa tampoco alcanzará la libertad porque quien libera es Dios –la verdadera Verdad– ya que todos somos siempre de alguna manera “esclavos de alguien”. Nadie es un verso suelto, todos dependemos unos de otros. Tan cierto que si cuando nacimos no hubiéramos tenido tanta gente pendiente de nosotros… no hubiéramos salido adelante.


Curiosamente quien se hace voluntariamente esclavo de Dios constata que Él no lo permite nunca; que le acoge y le hace hijo y cómo a tal le trata. Siente la esperanza de alcanzar la Felicidad que nunca termina, ésa que le espera el cielo. Jesucristo, en su caminar terreno fue un modesto trabajador manual, nacido en un hogar humilde en el que trabaja junto a José y con una Madre que no trabajaba fuera del hogar “para realizarse”. Ése es quien ha cambiado la historia; no ha sido Mahoma, Confucio, Mao, Stalin o el “Che”. No. En absoluto. “El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás” (1). Ha sido el mismo Dios que ha venido al encuentro del hombre que siendo –“esclavo del pecado, del demonio y de la muerte eterna” – lo ha liberado en la Cruz porque con Él, que es la Verdad, ha quedado crucificada toda clase de esclavitud.


En la antigüedad, como desgraciadamente ahora, los hombres hacen distingos y ellos mismos se clasifican en ricos y pobres. No rara vez, incluso, con cierta hipocresía ya que prefieren malvivir que dejar de decir que tienen su vivienda en una lujosa urbanización y, al revés, no están dispuestos a prescindir de comer y sestear antes que trabajar para ofrecer a los suyos una mejora. En la pereza, la falta de virtudes humanas, una flojera para todo lo costoso, quizá falta de reciedumbre para acometer empresas arduas u otras carencias puede estar la causa de ello.


El gran imperio romano se deshizo porque la familia fue socavada, el egoísmo de la esterilización, el aborto con plantas “venenosas” que sustituían a las clínicas abortivas y una búsqueda incesante del placer, cumplieron la misma misión de hoy. Ante esto, la falta de resortes humanos y de reciedumbre fomentó una falsa paz –tedio para la pelea– con asentamientos definitivos de las legiones teniendo necesidad de contratar “mercenarios extranjeros, llamados también bárbaros”, que acabaron por hacerse dueños y desmoronar el Imperio hasta la extinción definitiva. ¿Quién salvó el mundo conocido de entonces: Europa y el norte de África? El cristianismo. Todos ricos y pobres, eran pobres por la humildad y muy ricos por su filiación divina. Ya no se relacionaban entre sí como dueños y esclavos sino que en cuanto miembros de la única Iglesia se habían convertido en hermanos y hermanas unos de otros: así se llamaban mutuamente los cristianos.


Benedicto XVI recuerda en esta línea la novedad de lo ocurrido que aparece con máxima claridad en la Carta de san Pablo a Filemón. Debía ser este anciano Filemón un hombre muy adinerado convertido al cristianismo que poseía bastantes esclavos. Uno de ellos, Onésimo, consiguió escapar y llegar a Roma donde conoció a Pablo. Allí abrazó la fe cristiana que como hemos dicho no admite la esclavitud si no es la de ser hijos de Dios, ya que tampoco quiere esclavos si no hijos. Esta realidad se consigue mediante la humildad como la Virgen que se supo “esclava del Señor”. Estando así las cosas, Pablo envía a Onésimo junto a su antiguo dueño, Filemón, y lo hace con una carta muy personal que escribe desde la cárcel. En ella, Pablo devuelve el esclavo a su dueño, del que había huido. Es la abolición de la esclavitud por vía de hecho y no lo hace mandando, sino suplicando: “Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión [...]. Te lo envío como algo de mis entrañas [...]. Quizás se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido” (2).


A lo largo de la Historia, con los altibajos que acompaña le debilidad del ser humano, el cristianismo a luchado con el amor por abolir la esclavitud consiguiendo infinitamente más que las ONG´s de hoy, las estrategias políticas o las denuncias en organismos internacionales. El amor lo puede todo pero el amor es doloroso y eso es lo que tantos intentan evitar. El sufrimiento y el amor son como el anverso y el reverso de la misma moneda. Son inseparables. Cita el Papa en su segunda encíclica un caso moderno: el de Josefina Bakhita, nacida a mediados del siglo XIX en Sudán. Secuestrada a los nueve años por traficantes de esclavos fue de un mercado a otro, maltratada, cinco veces fue vendida, para acabar como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada. Su espalda, desollada, presentaba 144 cicatrices que le quedaron ya así para el resto de su vida. En 1882, comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano acabó en Italia cuando huyó su amo de África. En Venecia, Bakhita conoció a su verdadero “Dueño” totalmente diferente: al Dios vivo, a Jesucristo.


Dice Benedicto XVI: “Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un Paron por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el Paron supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba a la derecha de Dios Padre. En este momento tuvo esperanza; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue redimida, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios”.


Cuando se la permitió regresar a Sudán, Bakhita no estaba dispuesta a que la separaran de nuevo de su Amo. El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en la Congregación de las hermanas Canosianas, donde –junto con sus labores en la sacristía y en la portería del claustro– intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar en el deber de extender la liberación que ella había recibido con su encuentro con Jesucristo al mayor número posible de personas. La esperanza del amor de Dios por nosotros redime, libera y hay que decirlo a los cuatro vientos porque hay mucha gente que ha puesto su esperanza en la salud, el bienestar, el placer, en la “seguridad insegura” del futuro, en bienes materiales y estos son los esclavos de todos los tiempos, también de hoy. En Josefina Bakhita había nacido la libertad de la fe, de la esperanza de ser amada y eso la había redimido. Esta esclava fue beatificada primero el 17 de mayo de 1992 y, más tarde, canonizada por Juan Pablo II.




1. BENEDICTO XVI, Spe Salvi 4
2. Flm 10-16

 

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