Sociedad

Pararnos un momento

Escrito por JOSE CARLOS MARTIN PALANCA- GEA Málaga. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

Galopamos, corremos y aceleramos hasta unos términos que nos impide retrotraernos a esos momentos de nuestra vida en que todo era de un color bien diferente a como lo es ahora.
A veces necesitamos aunque solo sea un momento, un rinconcito en el tiempo de nuestra vida cotidiana, para meditar y hacer un breve inventario de nuestra existencia y ver, con otra perspectiva y calma, todas aquellas cosas que, quizá, con nuestras actividades no nos es posible reconsiderar.
Galopamos, corremos y aceleramos hasta unos términos que nos impide retrotraernos a esos momentos de nuestra vida en que todo era de un color bien diferente a como lo es ahora.
Aquellas ilusiones de juventud, aquellas quimeras, aquellos enamoramientos, aquellos impulsos que nos movieron a situaciones que, luego, se han ido haciendo realidades y que se distancian más y más de una forma de ser y de ver la vida con otra mentalidad.
Posiblemente, las innumerables técnicas que nos rodean, el tener a nuestro alcance toda suerte de inventos para poco menos que hallarnos en tantos lugares a la vez y saber de tantas noticias como nos inundan, nos impida alcanzar esa sencillez o esa llamémosle ingenuidad que nos convierten en seres menos románticos.
Pararnos, aunque sean unos minutos, ante un simple álbum de fotografías familiares, nos hace caer en la cuenta de muchas cosas, tales como que “no damos tiempo al tiempo” ni saboreamos debidamente cada instante de nuestra existencia.
Lo queremos todo en el instante, sin dar tregua a ese tiempo acompasado, minuto a minuto, hora a hora que, de manera inexorable, pasa sobre nosotros y, con él, pasamos de una edad a otra y, sucesivamente, nos permite ver, como quien contempla un paisaje, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, si dejamos que todo siga su ritmo natural.
Nos resistimos, casi siempre, a hacernos más mayores, a envejecer de alguna manera que no es sinónimo de decrepitud ni de tristeza.
Ver cómo se marchan personas a las que hemos conocido, tratado y querido, no equivale a sentirnos derrotados ni menos útiles. Las generaciones se suceden unas a otras y la vida continúa, con sus avatares y sus historias.
Si nos atenemos a nuestra memoria y sabemos recapacitar sobre lo que conocemos y conservamos, comprenderemos cómo “no hay nada nuevo bajo el sol”.
Muchas cosas que ocurren en la actualidad ocurrieron antes y ocurrirán mañana, solo que en versiones diferentes, entre otras cosas porque los hombres, la especie humana, no suele escarmentar en cabeza ajena y suele ser repetitiva.
Antes sucedían cosas que permanecían ignotas y cuando la gente se enteraba habían pasado meses y esa distancia en el tiempo y en el espacio, las convertía en algo casi ajeno. No nos repercutían como ahora.
Los medios de comunicación actuales nos ponen a pie de acontecimientos, como si los viviésemos en cada hora y en cada minuto.
No somos capaces de asumir ni asimilar tanto mensaje continuo. La mente humana requiere unos espacios de descanso, sosiego y pausas, sin las que el hombre termina perturbado y sin capacidad para reaccionar como persona.
Por ello, debemos hacer lo imposible para pararnos un momento.

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