Sociedad

Impuestos y política social

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Vivimos inmersos en una economía del subsidio y del mínimo esfuerzo. En política económica ocurre como en medicina, toda acción terapéutica y todo medicamento, a la par que obtiene beneficios claros para la salud, tiene también efectos adversos. Todo depende de la dosis, del mal de que se trate y de las circunstancias del sujeto sometido a tratamiento.

 

Una bajada de impuestos supone una doble acción. Por una parte, dinamiza el consumo de los ciudadanos o genera más ahorro, produciendo a su vez mayor actividad e inversión por las empresas. Esto significa un aumento del empleo y, a su vez, un aumento en la recaudación.

Parece claro que el efecto de una bajada de los tipos impositivos es una acción, no sólo de política económica, sino también de política social. No sólo genera riqueza, también empleo, incrementa la caja de la Seguridad Social y permite un aumento de la recaudación del Estado, lo que le permitirá aumentar los presupuestos dedicados a procurar el bienestar de los ciudadanos.

Pero no cabe duda de que para lograr el bienestar social lo primero de todo es generar riqueza y empleo. La peor situación de malestar es la falta de empleo y lo peor para el país es que los trabajadores estén en paro. Un país subsidiado es un país que se encamina directamente a la pobreza y, al final, sólo podrá repartir pobreza. Claro que esto depende de la dosis. Una bajada excesiva de los tipos impositivos podría llegar a redundar en una disminución de la masa recaudada, a pesar del aumento de las bases impositivas. Y unos impuestos excesivos estrangulan la economía de manera que el Estado no podría hacer frente, no solo a su política social, sino a la financiación de los servicios básicos de justicia, infraestructuras y seguridad.

España nunca ha sabido apreciar el esfuerzo, al emprendedor, al trabajador, al hombre de éxito que logra alcanzar los objetivos que se marca. Durante este último siglo se ha presentado al trabajador por cuenta ajena como el explotado por el empresario o trabajador por cuenta propia y empresario como un especulador que trata de aprovecharse del dinero y del trabajo ajeno.    

Esto no ocurría en otros países europeos como Inglaterra, Alemania, Holanda, etc. donde imperaba el pensamiento protestante e incluso calvinista en el que el éxito de los emprendedores se entendía como un don y una bendición de Dios, lo que contribuyó a su temprano y acelerado desarrollo económico, tecnológico y cultural.

Las políticas sociales deben ir dirigidas a proporcionar a la población un mínimo de prestaciones, de manera que se cubran las necesidades básicas de los ciudadanos. Una sociedad que se precie no debería permitir la existencia de ciudadanos en estado de indigencia. Bajo ningún concepto. Y esto no se cumple en nuestras sociedades occidentales y “democráticas”. Mientras tanto, se emplea mucho dinero público en favorecer a trabajadores manuales, jóvenes y clases medias, que tienen o pueden tener sus propias rentas, sólo por obtener sus votos. De esta manera se favorece la mediocridad y el inmovilismo, mientras se mantiene a un grupo de la población en la indigencia y por debajo del nivel de pobreza. Vivimos inmersos en una economía del subsidio y del mínimo esfuerzo.

Estas medidas sociales deben ir orientadas al desarrollo de las personas y no limitarse a ser un mero subsidio. Un ejemplo brillante de esto son los microcréditos gestionados en países del tercer mundo, donde las ONG se han percatado de que estas medidas, que exigen e incentivan el desarrollo personal, son las mejores para ayudar a salir de la pobreza material y cultural de las personas.

Debemos así reflexionar en la necesidad de desarrollar políticas sociales y económicas que premien el valor de la iniciativa, la asunción del riesgo y el éxito de los emprendedores; a cualquier nivel y en cualquier actividad. Fomentando la creatividad, la innovación, la superación personal, la iniciativa individual, el esfuerzo y, por ende, la creación de riqueza económica, cultural, científica y social.