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Del “big bang” al planeta azul

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Los seres humanos de todos los tiempos se preguntaron por el origen del universo y por las leyes que lo mantienen. Y la vida ¿cómo surgió? ¿Sólo en el planeta Tierra? Hace dos mil quinientos años, la cosmología clásica, nacida de Aristóteles y Ptolomeo, hablaba de esferas cristalinas concéntricas con la tierra como centro. En el siglo XV, esta idea sufrió una revolución que fue iniciada por un joven clérigo de Polonia, Nicolás Copérnico, que situó al sol en el centro y la tierra girando en torno a él. Posteriormente, Galileo, Newton, Kepler y otros dieron un gran impulso hacia la comprensión del cosmos y, en el siglo XX, se dieron pasos decisivos. Albert Einstein y otros científicos expusieron cómo las ecuaciones de la relatividad exigían un universo dinámico.

En 1927, Georges Lemaître, sacerdote católico y astrofísico, nacido en Bélgica, expuso la teoría de la explosión de un “átomo primigenio” o “huevo cósmico”. Más adelante se le llamó “Big Bang”. El premio Nobel de Medicina, Christian de Duve, alumno de Lemaître, manifiesta cómo la gran explosión del Big Bang parece ser la teoría que mejor explica el origen del universo pero lo que sigue siendo un verdadero enigma es cómo se originó la vida en nuestro planeta. El físico Paul Davies opina que estamos muy lejos de comprenderlo y, algunos científicos han llegado a afirmar que será imposible saberlo.

La búsqueda de vida en otros planetas del universo es una constante en los programas de exploración espacial desde la llegada del hombre a la luna en 1969. Lo que sí está cada vez más claro es que la aparición de vida en la tierra requirió un cúmulo de circunstancias concurrentes que exceden a nuestra imaginación. Cees Dekker, de la Universidad de Delft (Holanda), afirma que todo lo que se observa en las leyes de la naturaleza, como la fuerza de la gravedad o las fuerzas nucleares, están ajustadas con suma precisión para permitir la vida en la tierra. Cada vez es más difícil creer que la vida se debe a un conjunto de casualidades. Se puede creer eso, claro, pero no es una explicación racional ni satisfactoria, es una simple especulación.

La explicación del origen de la vida, desde una óptica cristiana, está muy ajustada a la lógica: Dios, que está más allá del espacio y del tiempo, ajusta los parámetros para que se origine la vida. Por otra parte, la ciencia experimental nunca bastará para explicar las preguntas que más acucian al ser humano. Como tantos científicos actuales afirman, ciencia, filosofía y religión no se oponen sino que se complementan. Charles Darwin, cuando estaba como naturalista a bordo del “Beagle” dijo: “Me impresionaron mucho ciertos hechos que parecían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios”. Lamentablemente, sucedió después algo que desagradó al propio Darwin: se aplicaron sus teorías a las sociedades humanas dando lugar al “darwinismo social”. En efecto, la noción de supervivencia del más apto aplicado a las relaciones entre pueblos, junto a la idea de Nietzsche del “superhombre”, formaron parte del sustrato ideológico del nazismo.

Es muy interesante el libro “Darwin y el diseño inteligente”, del biólogo Francisco José Ayala, científico español de reconocido prestigio internacional que desempeña su trabajo en la Universidad de Irvine (EE.UU.). Aborda con firmeza y valentía un buen número de cuestiones fronterizas entre ciencia y religión. Explica la compatibilidad entre la teoría científica de la evolución y los contenidos fundamentales de la fe cristiana, contenidos que afirman la existencia de un Dios personal, creador y providente. Según explica, el cristianismo como tal, no sólo no se ha opuesto a la ciencia sino que, durante siglos, la ha fomentado. Recuerda que George Mendel, padre de la genética, era un monje cristiano. Cita a Georges Lamaître, primer científico en proponer el modelo cosmológico actualmente imperante, que también era un sacerdote católico. A lo largo de la historia ha habido muchos religiosos que han cultivado la ciencia e, igualmente, muchos científicos de renombre que han profesado una fe sincera sin problema alguno de compatibilidad entre fe y ciencia. La ciencia y el saber provienen de la religión que dio lugar a que la humanidad fuese saliendo de la superstición y de la magia.

Hay algunos científicos y filósofos que dicen que el hombre es un producto de la evolución material y fruto del azar, o sea, el “ultradarwinismo”. A propósito de esto, F. J. Ayala afirma: “Podemos conceder a estos autores su derecho a pensar como quieran pero no tienen ninguna autoridad para basar su filosofía materialista en los logros de la ciencia. La ciencia no implica el materialismo metafísico.” Según el principio antrópico, formulado por los físicos, el universo debió poseer características muy precisas desde el principio que hicieron posible la formación de partículas capaces de formar átomos y éstos formaron moléculas con la capacidad necesaria para construir estrellas y planetas. Las células primitivas debieron estar ya dotadas de potencial para evolucionar en un grado de organización ascendente y… llegar al ser humano. Una evolución planeada, dirigida. creación y evolución, ambas cosas. “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución.” (Benedicto XVl)

Recientemente he visto 3 DVDs sobre “El origen del hombre”, de Producciones Goya, que contienen 9 documentales, de 30 minutos cada uno, en los que intervienen algunos de los científicos citados anteriormente y otros como: Werner Arber, Nobel de Medicina; J.M. Bermúdez de Castro, co-director de Atapuerca; Christopher Zollikofer, del Instituto Antropológico de Zurich; Thomas Glick, de la Universidad de Boston; Daniel Turbon, de la Universidad de Barcelona, etc, etc. Se pueden encontrar imágenes sorprendentes y gran rigor científico.

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