Sociedad

Compasión

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En Edipo de Sófocles, el rey descubre cuál es su origen y cómo fue entregado, en su más tierna infancia, a un pastor para que fuese asesinado; pero éste, movido a compasión, desobedeció la orden y lo entregó a otro pastor extranjero, pensando que así nunca más se sabría del niño, y evitaba de esta forma un acto de crueldad.

Mencio, pensador confuciano del siglo IV-III A.C., señaló que los seres humanos poseemos una mente que no tolera ver el sufrimiento de los demás. Y el gran poeta Eliot, en el siglo XX, señala que el hombre no soporta demasiada realidad.

Tomás de Aquino escribió acerca de la importancia de la misericordia como virtud configurada por el apropiado juicio racional. Porque la misericordia es la virtud que acoge la aflición ajena como propia (del latín, miseria, desgracia; cordis, corazón). La misericordia es, por tanto, tomar la aflicción de otra persona en el propio corazón. Pero todos, a su vez, somos seres, en cierto sentido, carentes: necesitados a su vez de compasión (del latín cum passio, padecer con). Quizá esa persona con el rostro desfigurado por un accidente de tráfico, podría ser yo. Hay que considerar, ante estados de dependencia: yo he podido ser él.

Alasdair MacIntyre, en su libro “Animales racionales dependientes”, señala que el cuidado que se requiere de los demás y el cuidado que los demás requieren de mí exigen una entrega y una consideración que no esté condicionada.

Esto choca con el planteamiento que habitualmente hacemos: yo no tengo necesidad de nadie; ya soy “adulto”, autónomo. Por eso mismo, la grandeza de ánimo no consiste sólo en dar, sino también en saber recibir, pedir ayuda. El capaz de dar y sentirse satisfecho, pero no de recibir, es la imagen del hombre autosuficiente: esa fantasía ilusoria que todos nos forjamos, de una manera u otra, de nosotros mismos. Y de otra parte, ante la indigencia de no poder valerse por sí mismo, es frecuente la consideración de sentirse un inútil que no sirve para nada, de estar dando la vara a los demás, de sentirse enterrado en vida, y “yo no lo puedo soportar.

MacIntyre nos pone en guardia ante esta doble falsedad: por una lado, como animales, estamos necesitados de comida, bebida, etc.; y como racionales, de comunicación, cariño, etc.

Por otra parte, somos esencialmente vulnerables y la discapacidad domina la vida humana: en la infancia todos hemos sido indigentes, necesitados de los cuidados ajenos. En la senectud, posiblemente nos pase otro tanto. Y a lo largo de nuestra biografía nos podremos encontrar en situación de dependencia: cuando se padece alguna lesión o enfermedad física o psíquica, más o menos temporal o crónica. Y subraya cómo esta doble necesidad –de dar y recibir- es en definitiva el factor más humanizante, pues nos abre al reconocimiento de que tú me conciernes; y a la gratitud por lo que yo te importo: el crisol de las relaciones humanas. De esto, nos ha hablado la Semana Santa, el Crucificado.

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