Sociedad

La hora del bien común

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No intento con estas ideas dar puntos a ningún grupo político pero, en cualquier caso, que no se los anote nadie. Son de todos, porque la hora que estamos viviendo precisa de la participación generosa de todos, también —al menos así lo veo— en la reconstrucción moral de nuestro país, sin la que será vana cualquier tarea económica o social.

España necesita una regeneración ética, hecha por hombres generosos que no miren las encuestas, sino la salud del cuerpo social. No nos engañemos: los sondeos de opinión pueden acabar mostrando más la influencia de los medios de comunicación que el propio juicio sobre un tema o situación, aunque no hay duda de que la realidad del momento influye en los medios y en los opinantes.

Pero voy al asunto. La doctrina social de la Iglesia tiene unos pocos pilares básicos que, por otro lado, no son sino expresión de las exigencias naturales, que existen y, porque existen, nos va mal cuando se violan. La piedra angular es la dignidad de la persona, fundamento de las restantes: el bien común, la subsidiaridad y la solidaridad.

Deberíamos meditarlos a fondo, sin prejuicios, porque estos principios tienen un carácter general y fundamental, ya que, por referirse a la realidad social en su conjunto, afectan a todo y a todos, profesemos cualesquiera creencias. Todos ellos necesitan ahora mismo una fuerte vigencia, porque sin respeto a la persona y a esos principios derivados de su entidad, no hay sociedad que levante cabeza. Pienso que deben golpear nuestras conciencias más que nuestros intereses políticos y económicos personales, con ser éstos importantes.

Dijo el Vaticano II —insisto que con idea útil para todos— que por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. No se conciba simplemente como la suma de todos los bienes particulares, sino que precisamente es común porque sólo puede alcanzarlo el cuerpo social en su conjunto. Es de todos y cada uno, y sólo juntos podremos lograrlo.

Es muy razonable pensar que ese bien común exige renuncias a particularismos, sobre todo en situaciones de emergencia, en las que puede ser necesaria la abdicación a legítimos objetivos personales. No sé quien dijo aquello de que "en la guerra como en la guerra". Lo traigo a colación, precisamente para evitar peleas particularistas, para concienciarnos de que el bien de todos postula la ética necesaria de la renuncia, del sacrificio, de la verdad, de dejar de lado los juegos florales de las palabras, insultos o descalificaciones, para trabajar todos seriamente. La generación actual y las futuras nos lo demandarán.

Incluso en los temas judiciales, que actúen los tribunales, pero que no entretengan a los que no tienen esta misión, sino la de tomar medidas y trabajar para sacar adelante una sociedad que moría de bienestar y puede acabar muriendo de hambre. No sería honrado por mi parte omitir que buena parte de la clase política, de los educadores, jueces, sacerdotes, padres de familia, empresarios, financieros, etc., hemos puesto más que un grano de arena en una situación que no es simplemente un problema económico, sino humano, porque nos hemos dejado llevar por legislaciones, costumbres y modos de vida que han empobrecido, cuando no degradado, al hombre mismo.

Con un sólo calificativo, despachamos cualquier pensamiento ajeno al nuestro, sencillamente porque lo ha expresado alguien que está enfrente. Seguramente ha llegado el momento de no situar enfrente a nadie, de escuchar a todos y de tomar resoluciones acordes con la naturaleza del hombre, que existe y es comprobable con la demostración palpable de lo sucedido cuando se ignora o se desprecia.

Esa consideración es parte importantísima e inalienable del bien común que necesitamos buscar aprisa. Que se tomen todas las decisiones económicas y estructurales necesarias, sean o no populares, las proponga quien las proponga, pero creo que es suicida pensar que ahí termina todo. El bien común es tarea de todos y comienza por ahí, con la generosidad exigente de buscar el bien de los demás como si fuese el propio.

Ahora todo el país espera responsabilidad de los políticos, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política. El Estado ha de garantizar —lo ha recordado también el Magisterio de la Iglesia— la cohesión, y organización de la sociedad civil de la que es expresión. Ahí es preciso insertar los principios de subsidiaridad y la solidaridad, sin que traba alguna los deje maniatados. Como podemos observarlo, eso se paga.

Pero con ser capital, no es sólo la autoridad política quien debe actuar en cada uno de los niveles existentes, pero la ética exige que el pueblo sepa cómo estamos y qué debemos hacer. Así es más fácil que sea tarea de todos. Y entonces, cada uno debería examinarse para detectar qué puede hacer para sacar adelante el país. Seguramente, lo exigible a los dirigentes es la tarea pedagógica de saber embarcarnos a todos con sinceridad.

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